Es
noche de silencio, noche que sólo se oirá la voz de reencuentros con los testimonios
qué como relámpagos, hitos de oro, han quedado grabados en la memoria.
Y
me encuentro con la senda que espanta el vacío y la nada.
Emociones registradas
a fuego en los sentimientos, destellos en los latidos de mi corazón despierto.
Y abro el portal secreto y me reencuentro con la niña que fui en
1950.
Y
narro.
Desde
pequeña me inquietó la vida como una situación misteriosa y sin razón que
justificara su existencia, era un ir y venir sin un fin determinado y allí, al
final… la muerte.
Mi
padre, hombre sabio y de bien, le dio respuesta a mi inquietud existencial infantil-
quien afirmó- “existe el destino, todo está perfectamente creado para este
mundo y sus seres, la vida y la muerte no dependen de uno, se nace cuando se
debe nacer y se muere cuando se debe morir, ni antes ni después de ese tiempo”.
A
partir de ese pensamiento, una sensación de tranquilidad me reconfortó, una
debía ser una persona en paz consigo misma y el entorno, porque la muerte no
era una amenaza constante en cualquier lugar, sino un final ya escrito en una
idea perfecta y sin mácula, independiente de nuestra voluntad.
Un
verdadero consuelo el concepto “destino”, poder sobrenatural o designio guía de
nuestra vida en la tierra. Sólo se debería descubrir cómo encontrar el hilo de
la senda que debería seguir. Y creo que lo encontré, cuando como en una
epifanía, se me reveló que mi camino sería la escritura.
El
camino estaba labrado y a pesar de los vaivenes, los miedos, las rutas
equivocadas, la porfía y los sabotajes; mi sino sería escribir y escribo,
siempre escribo
Y
habría señales.
Así y con este
pensamiento como guía comienzo mis reencuentros de esta noche, el primero con
mi padre (ya fallecido) quien me enseñó su mundo, en visitas a
locales de librerías de viejos para leer libros usados y que me permitió que yo
los ojeara y eligiera uno en cada visita. Generalmente yo pedía algún texto
religioso- y fue allí donde recibí como obsequio “Las Mil y una noche” que
conocía y había ojeado en casa de mi abuela paterna y el que me marcaría de por
vida.
Esta noche será larga y no por el insomnio.
Los reencuentros serán auténticos- casi
confesionales-.
Una de la mañana del tres de marzo
La noche se hace más intensa y me sumerjo, la luz del escritorio aleja
las sombras y el reflejo lunar aclara las remembranzas.
Mi pensamiento el de ahora, en una edad en la cual la sabiduría supera al
conocimiento , y que me enseña que desde el momento mismo del nacimiento deberíamos
tener la humildad de pensar que no somos dueños de nuestras vidas, que únicamente
debemos encontrar el verdadero sendero; el sendero del bien y aceptar que el
mayor logro es ser felices, vivir nuestra espiritualidad, el amor y el arte,
mundos extraordinarios no tangibles y pertenecientes al esplendor del universo.
El silencio es
completo y la soledosa soledad aporta la paz necesaria para escribir, a veces
interrumpida por el ladrido lejano de un perro abandonado.
Y esta sensación de placidez me lleva al reencuentro con una de mis pasiones,
la política, hasta el momento que viví la gran derrota del año 1973, la que aún está fija como una esfinge
entre mis recuerdos.
Y narro.
Y me reencuentro con ese destello que lo trae
a mi presente como si no existiese la distancia y escucho ese tiempo de mi
pasado que me dice que mis ideales no han
desaparecido ante la búsqueda y cercanía (peligrosa cercanía) de la Muerte,
quien ya empleaba todos los métodos a su alcance para atraparlos porque no les
perdonaba que sólo fueran una aspiración imaginaria.
El asunto es que al parecer en ese momento no
me di cuenta de la situación ni interpreté esa niebla que quedó en mi tierra.
El asunto fue así y ya, nada más que en el
paso a sus desapariciones (seguramente presionados por las circunstancias) fue
tan rápido en los últimos instantes, que mis ideales partieron sin darme un
contacto, para que alguno de los que creemos en ellos, podamos ubicarlos.
Lo que me confundió, pero lo entiendo.
Debían protegerse y no había tiempo para
explicaciones, en cualquier lugar podía estar la amenaza, de la Muerte
definitiva, personaje doloroso, siempre al final de la puerta que
obligatoriamente se debe cruzar.
En una persecución incesante, vigilando imaginaciones, esperanzas y
deseos, viajando quizás en aviones y barcos, metiéndose en los bolsillos de
pasajeros internacionales al pasar policías y aduanas o en un sello de los
pasaportes, en fin, vaya uno a saber.
Pero bueno, creo que el error de mi
desconecte fue el haber llegado tarde a sus desapariciones, no haber partido de
inmediato cuando sintiera que una asfixia de angustia me cubría.
Pero a lo que no puse atención, porque
siempre pensé que la Muerte estaba aún lejos, convencida profundamente que no
era una muerte real, sólo el paso a la presencia-ausencia- misteriosa, donde en
sueños podrían visitarme durante las noches y cuando necesitara volver a creer.
Y la confusión ocurrió, y nada más por mi
ahora dudosa seguridad sobre estos asuntos, que me dice que nada, nada, cuando
se le desea tanto, desaparece así violentamente.
Y se me pasó.
Y el sexto sentido falló, porque la Muerte se
había acercado demasiado sin que nadie lo pensara, en la creencia que no había
peligro, que todo estaba bien, que no me preocupa, que la amenaza estaba aún
lejos y que todavía faltaba mucho tiempo para que la mortífera actuara.
A nadie le he dicho que creo en la
inmortalidad de mis ideales e incluso me he prestado a la farsa de sus
inexistencias, donde he simulado aceptar lo inaceptable, con lágrimas gruesas
de dolor profundo e impotencia contenida.
Y ni siquiera en esos momentos he confesado esta
creencia (pensé en hacerlo) porque la Muerte también podría estar alli, oculta de
cualquier cosa, de amigo o planta (la creo omnipotente) y atenta, no fuera que
se les escaparan los ideales ya cercados por completo.
Y el silencio me ahoga, porque la cosa ha
seguido y tengo que mantener el silencio porque sé que es mejor así, y porque
también sé (sobre el asunto no hay dudas) que los ideales en algún lugar aún
existen y ya se han convertido en trashumantes, eternos viajeros, atravesando
los muros del espacio, el tiempo, la sensatez, la locura, el sueño y la muerte.
Así, he debido seguir la rutina y ver como
quienes no creen en sus existencias, han destruido sus libros, documentos, fotografías
y pensamientos.
Y el tiempo pasa, el secreto con mis ideales permanece
oculto, aunque al parecer no en forma definitiva porque con sorpresa (no lo
esperaba) y desde hace un tiempo, han comenzado unas llamadas que se cortan al
levantar el auricular, unas sombras que se deslizan por la noche en la
oscuridad de mi hogar, el chirriar de una puerta que se cierra, luces nocturnas
que entran por la ventana de mi cuarto y una casi inaudible melodía. No sé si
serán “ellos”-mis ideales-, aunque sí deseo creer que son “ellos”, en un
intento que me anuncia que pronto me visitarán en mis sueños y me relatarán los
extraordinarios mundos imaginarios que han creado, los océanos infinitos que
han navegado y el conocimiento de los astros que han recibido.
Ahora y de eso estoy segura, La Muerte está
siempre activa, vigilante y saboteando ideales, aunque jamás logrará que yo
escriba el epitafio para “ellos”- mis ideales-.
En este momento identifico la melodía que se
escucha desde el otro lado de las paredes del cuarto donde escribo, como reggae,
aunque no hay aparentemente nadie, diría que es desde un lugar cercano, aunque
-quiero creer- que de tanto escribir sobre “ellos” esta noche, me están
diciendo que están ahí, a mi lado, revelándose con la música que nos unía,
porque saben (son muy sabios) que este reencuentro me dará esperanzas.
Mi duda es si estaba o no en el destino sus desapariciones
o fue una intervención humana contradictoria al curso de la historia la que los
atacó.
Es la hora de la niebla, creo que a “ellos”
no les gusta la luz porque los atraviesa y esfuma.
Y en mi remembranza se ocultan.
Dos de la mañana del tres de marzo
Y narro.
Y en este momento me reencuentro con México en 1985, lugar en
el que viví durante veinte años y que aún permanece en mi nostalgia.
Parto de mi país, mi patria, Chile.
Nunca el desarraigo es total, una se transforma en un ser híbrido,
mezcla de culturas y creencias.
Ese es el error en el mundo físico, pretender que nuestras raíces, cual planta,
permanezcan igual con distintos trasplantes, no entender que a veces no se
puede porque en el lugar que generosamente dio acogida se ha dado la
trasformación alquímica, y si la planta sobrevivió, fue por su necesidad de
embeberse de la nueva tierra que la nutría.
Y recuerdo mi casa en Cuauhtémoc 58, Coyoacán, Distrito Federal.
Hay emociones que conocí allí que indudablemente extraño.
Esa tierra me abrió las puertas de la premonición y la literatura.
No sé si fue la naturaleza del país, su clima cálido y lluvioso o
costumbres las que enriquecieron mi mente y me acercaron a los espíritus que me
habitaban y comunicaban con los otros que rondaban mi entorno.
Ángeles guías y dioses generosos
Allí los deseos se hacían realidad.
La imaginación era un portal abierto a la realización más profunda.
Siempre aparecían seres que me salvaban, reales o imaginarios.
Los mexicanos me trataban con cariño y respeto y conocí el talento de
sus escritores que me permitieron entrar en su universo mágico.
Mi naturaleza debelada por el desarraigo de Chile, mi país, había desarrollado
en México una sensibilidad especial, diferente, yo misma me sorprendía, creo
que sucedió que el potencial imaginativo que me habitaba emergió, se hizo
presente y luchó contra la negación que lo ocultaba, que me obligaba a estar en
la penumbra de una realidad mezquina.
Allí pude recrear mi vida y renacer a un mundo que siempre había
existido, en las sombras, aunque nunca dejado de ser.
Me costó dejar México.
Mi hogar, mis amigos, mi entorno.
Tres de la mañana del tres de marzo.
Me he dormido por unos instantes, unos minutos, aunque ya me doy cuenta
que esta noche será larga- casi eterna-
y el sueño desaparecerá, eso me permite reencontrarme con las señales que me envió el
destino en sueños para nuevamente encontrar el camino designado por las
estrellas en el pasar por esta
encarnación (el budismo será mi religión en un futuro próximo, creo) y recuerdo un sueño fantástico en mi mejor
época de creación cuando aún estaba en México y con la duda de si regresaba a Chile, mi país.
Esa noche
soñé que una voz me decía: "Los humanos deben vivir donde reposan los
huesos de sus muertos", era una voz que parecía conocerme y me indicaba
que debía volver a la ruta establecida por mi destino.
Debía
retomar el camino perdido por los accidentes que suceden en la vida y nos
pierden.
Había
tenido experiencias extrañas a veces en sueños, pero esta era perentoria por lo
que pensé y también mi grupo familiar de entonces, que debíamos volver.
El segundo
desarraigo, esta vez de México sería difícil, nuestras raíces, que muchas de
ellas habían permanecido en Chile, tierra de origen, también habían echado unas
frondosas en ese país generoso que me acogió.
Amaba mi
casa, mis amigos y la naturaleza de su esencia, ellos también lo sentían, su
naturaleza indígena tenía la sabiduría de su espiritualidad.
Recuerdo
que en época de los grandes terremotos allí, la joven que trabajaba para mi
hogar, me había dicho ante un gran sismo y durante el cual viendo cómo se movía
la tierra bajo mis pies de forma que debería producirme espanto, yo permanecí
estática, mirando hacia la 6.-
distancia, y ella luego que todo había terminado, me dijo con su voz bajita
“usted señora, ya no le teme a la muerte”.
Esa era la
naturaleza indígena mexicana, profunda y conocedora de los secretos de la vida
y con festejos a la hora de celebrar la muerte como un paso más a los lugares
ocultos del pensamiento y abiertos a los senderos del corazón
Y la mía,
una vida segmentada en dos lugares, ese lugar de la realidad en ese momento y
mis raíces aun profundamente enterradas en tierra chilena fue lo que me
permitieron no sentir en su intensidad el terror del movimiento de la tierra.
Y parto de México y no miro atrás ni siquiera en el aeropuerto donde me
despiden con tristeza los que me amaron, no miro hacia atrás ni siquiera en las
escaleras que me trasladan al avión porque en los abandonos se debe llevar
endurecido el corazón cual piedra, aunque esta vez sea de obsidiana de los
volcanes de ese legendario país.
Me reencuentro- al igual como lo había hecho cuando partí de Chile- con
mi ensimismamiento de esos instantes, creo que la inconsciencia de una decisión
tan audaz como era el regresar a un lugar ahora incierto, desconocido después
de veinte años de ausencia, bloqueó mi razón.
Y eso de deshacerse de lo querido era algo doloroso.
Los reencuentros no son únicamente físicos, tienen que ver con las
emociones grabadas en el corazón, ni son lineales porque aparecen en los
destellos que nos envían los latidos del crisol de oro de la memoria que los
mantiene vivos en esta tierra.
Esta noche es placentera, los recuerdos y las experiencias misteriosas
me permiten retomar la escritura.
Mi pasión por este arte y oficio es mi mundo, un espacio donde la
imaginación manda. Lugar donde los seres humanos nos reconciliamos con lo que
realmente deberíamos ser, sentir con el corazón y razonar con el pensamiento
uniendo los dos en el acorde infinito de la sabiduría.
Amo mi profesión y la gozo como la pasión más importante a la que me he
entregado en alma, nunca fue un medio para alcanzar otro objetivo, fue un fin
en sí mismo, hubiese sido halagador el reconocimiento al trabajo realizado,
pero eso no dependía de mí, sino de otros menesteres que nunca intenté o que no
pude dedicarles tiempo para practicarlos.
Me basta con haber sabido alejarme de todo lo que me distrajera de mi
trabajo y tener claro que el éxito es social y sólo el triunfo es personal y
creo que al final de mis días tengo en mis manos el triunfo de haber sido fiel
y completamente entregada a mi oficio
El sueño me vence.
Y sueño con mi casona en México,
con sus enredaderas eternas cubiertas de hiedra, arañas y buganvilias cayendo
en racimos sobre la losa del jardín y en lo alto la virgen de Guadalupe
vigilando la entrada con su piel de yeso y rostro azul.
Y me imagino en él y que veo un
odre oscuro por el musgo de la humedad desbordarse en un torrentoso río que
inunda mis pies, mis piernas, mis manos y me arrastra
lejos de mi origen, lejos de mí misma y
mientras me sumerjo entre las olas del odre puedo también volar y me transformo
en un gigantesco pájaro de pico anaranjado que come serpientes y tiene por nombre
Alebrije.
Me dormí por unos instantes, unos
minutos, comprendo que esta noche será más larga todavía y el sueño
desaparecerá, lo que me permitirá continuar con las señales que me enviará el
destino de mis reencuentros esta vez con la a escritura.
Y narro.
Y se viene a mi memoria un sueño
fantástico de la época cuando estaba en México y con la duda de sí regresaba a
Chile, mi patria.
Esa
noche soñé que una voz me decía: "Los humanos deben vivir donde reposan
los huesos de sus muertos", y parecía ser la de un personaje conocido de
otras vidas, el que me indicaba que debía volver a la ruta desviada d mi
destino por situaciones ajenas.
Debía
retomar el lugar de mi nacimiento y escritura en mi país, nunca interrumpido mi
oficio en México donde escribí, publiqué y realicé mi diplomado en literatura –
continuando con la senda - regresar y eliminar así los accidentes que nos
extravían en la vida.
Había
tenido experiencias extrañas en sueños, pero esta vez la orden era perentoria
por lo que pensé, también mi grupo familiar de entonces, que debíamos volver.
Amaba
mi hogar y mis amigos, ellos lo sabían, su naturaleza indígena tenía la
sabiduría de la espiritualidad.
Así
era la naturaleza de esa gente, profundamente conocedora de los secretos de la
vida y con alegría y festividades a la muerte como el paso a los lugares
ocultos del alma.
Mi
vida segmentada en dos lugares, México en la realidad de ese momento y mis
raíces todavía profundamente enterradas en tierra chilena, fue lo que no me
permitió sentir en su intensidad el terror del movimiento de la tierra.
Mis
sueños y escritos me convencen qué el regresar a Chile y reencontrarme con mi
país lograré continuar con la ruta fijada - y a veces perdida de morir en
tierras lejanas – y del propósito para el que he nacido y donde debo morir.
El
segundo desarraigo, esta vez desde México fue tan difícil como el primero, mis
raíces, que muchas de ellas habían permanecido en Chile, tierra de origen,
también habían echado otras en este país generoso que me acogió.
Y parto de México en 1993 y no miro atrás ni siquiera en el aeropuerto
donde me despiden con pesar los que me amaron, ni en las escaleras que me
trasladan al avión porque en los abandonos se debe llevar endurecido el corazón
cual piedra, aunque esta vez sea de la obsidiana de los volcanes.
Me cuesta dejar México, mi hogar, mis amigos, mi entorno.
Aunque lo llevo en mi corazón.
Me siento- al igual como me sucedió cuando partí de Chile- con el ensimismamiento
de aquellos instantes, creo que la inconsciencia de una decisión tan audaz como
era el de regresar a un lugar ahora incierto, desconocido, después de veinte
años de ausencia, bloqueaba mi razón.
Cuatro de la mañana del tres de
marzo
Es noche
placentera, los reencuentros de experiencias misteriosas me permiten retomar la
escritura con facilidad. Mi pasión por este arte u oficio es mi mundo, un espacio
donde la imaginación se expande, lugar en el cual los seres humanos nos
reconciliamos con lo que realmente deberíamos haber sido siempre, sentir con el
corazón y razonar con el pensamiento, unidos en un acorde de equilibrio perfecto.
Amo mi oficio y lo
gozo como la pasión más importante a la que me he entregado, nunca fue un medio
para alcanzar otro objetivo, siempre fue un fin en sí mismo, el triunfo del
ser.
Y la escritura es
mi triunfo.
Era y es el todo,
tanto, que me he alejado de todo lo que me distrajera de mi trabajo.
El inicio del alba me confirma que nuevamente me he reencontrado con la
senda de mi destino en esta constelación perfecta del proyecto perfecto.
El cofre sagrado que guarda los hitos de los recuerdos, fueron las señales
que marcaron el sendero, sucesos perennes en el reencuentro con el halo, siempre
allí, aunque pase el tiempo. Indelebles, cuando surgen, a veces por un sonido,
una palabra o una música y regresan en una visión como si no obedecieran ni a
la distancia, ni el olvido.
Y me reencuentro con las primeras imágenes recibidas cuando retorné a
Chile en 1995, los amigos ya no están o no lo son, creo que la amistad se
cultiva con el trato y los he perdido.
Y me he convertido en una persona exigente, deseo que las personas que elijo
ahora deben ser como las que eran antes de irme, francos, espontáneos y
solidarios. O sea, deseo reencontrarme con iguales a los que fueron mis amigos
en el pasado.
Mi país, mi Chile, había sufrido mucho y había tristeza y desconfianza
en nuestra gente.
Parte de mi añoranza, había dejado estática en mi mente la naturaleza de
mi pueblo, pero el mundo había cambiado, no era ahora como una quisiera que
fuera y debería aprender a vivir en este.
Ello me lleva a pensar en una reflexión nocturna, será que nosotros los
seres humanos nos estamos convirtiendo en entes menos sensible y más
individualistas porque al tener el órgano del corazón menor presencia en la
modernidad y conectado directamente con la intuición - desacreditada como arte
del ocultismo y practica de brujas- ha sido descalificado en su función de la verdad.
Hasta la literatura en su necesidad de búsqueda del humano completo y
los cultos auténticos sin compensación económica o de poder, han caído en la
devaluación social en este mundo cibernético.
Pienso que nos tocó vivir una sociedad que equivocó en el camino de la
verdad.
La noche larga provoca estos pensamientos, noches en la cual todo es posible,
las ausencias son nuestros cómplices.
En el transcurso de un sueño efímero de este momento (debo mantenerme
despierta) se dio nuevamente una voz de niña y casi en mi oído que me despertó,
busqué en mi entorno porque había sido muy real pero no había nadie.
Debe ser la niña triste que en algún rincón de mi infancia habita y que
me pide escribe, escribe.
Y narro
En mi memoria me reencuentro con mi llegada a Chile en 1993, a mi tierra-
tan idealizada y querida en el extranjero- y escuchar la opinión que dijo una
escritora de cuentos sobre mí, “cuidado es una persona peligrosa”.
Y luego repitieron las mujeres que asistían a su taller, una recepción
equívoca, pero así era la situación en estos tiempos y que me trae a la memoria
la estructura social mapuche donde la machi o mujer más vieja de la tribu
dictaminaba cuando llegaba alguien nuevo a la tribu, con un “me gusta” y era
aceptada, o un “no me gusta” y se le aislaba, abandonaba para que la recién
llegada muriera de tristeza y soledad.
Esas raíces se conservaban aquí en algunos lugares, había otros, tiempo
atrás en los cuales se recibía al recién llegado con muestras de afecto y
cordialidad, invitándolos a unirse.
Echaba de menos al tiempo pasado de esa sociedad más humana.
Y el descalificativo corrió y lo repitieron los que decidieron no
conocerme ni reconocerme.
Aunque la verdad es que yo nunca he sido una persona peligrosa, sólo soy
una escritora que regresaba después de un lago peregrinar en otros lugares y que
intentaba retomar su destino a través del camino de la escritura.
Y narro.
El misterio que la gente pareció ver y que dicen rodeaba a mi persona, era
un rostro que no cambiaba, no envejecía, no expresaba nada, y que en septiembre
empalidecía hasta semejar la blancura del papel de arroz.
Unos ojos negros completamente donde mirando el fondo y con atención se
veía el Palacio de la Moneda envuelto en llamas, una cabellera azul celeste que
como una boa se enrollaba al cuello y el poder de transformar en copihues a
cempaxúchitl y buganvilias con únicamente rozar los pétalos o soplar al aire
sus mil colores.
Yo les dejo decir porque siento sus mentiras como un juego, pero la
verdad es otra, que sólo la saben los que un día me conocieron y es que durante
meses me ausento del mundo conocido y entro en la imaginación de un nuevo libro,
ensueño que me lleva a imaginar, viajar sobre continentes, atravesar mares,
planear bajito, tocar las copas de gigantescos árboles en selvas desconocidas,
subir muy alto, saludar a Dios, sonreír a mártires olvidados, atrapar una nube
de algodón que lleva mí mismo rumbo, divisar desde la altura que se está cerca,
más que aún falta, regresar luego mirando con ojos viejos muchas cosas ahora nuevas.
Tristeza me ha dado entender que mis ausencias significan alejamiento y el
no ser una persona querida.
Compruebo que cada uno de mis libros y el sumergirme en ellos provoca desaparecer
en la vida del resto de la gente.
Las especulaciones que sobre mí han circulado llegan a tal extremo, que
dicen y aseguran tengo pactos secretos, y como prueba justificante aseveran que
no es posible a tanta distancia, a veces hasta siete mil kilómetros dibujan los
mapas, conozca hechos sobre tierras lejanas.
Por esto y por muchas otras cosas que sólo las sé yo, permanezco en
silencio, y porque sé que es difícil de entender para quienes no quieren
entender, que sólo soy una escritora que durante años perdió… su aire de
primavera, sus estrellas de campo abierto, su lluvia relampagueando entre
truenos y vendavales, su luna amarillenta pegada al cielo oscuro y su
cordillera infinita pariendo día a día al gran sol rojo… y que ha regresado
para reencontrarlos y continuar la senda de su destino.
Cinco de la mañana del tres de marzo.
El calor de la noche de verano ha
comenzado a ceder y se siente ya el frescor del alba, me alivia la brisa que
entra por los balcones y espanta el sueño.
Las imágenes y fantasmas comienzan a entrar
en una niebla gris que los diluye, cómo desearía que fuera
así también la muerte, e imitando a Huidobro- “Quisiera desaparecer, no morir”.
En este momento descubro que la muerte
no me aterra por mi inexistencia en este mundo, por diluirme en la nada, sino
por el deterioro de un cuerpo que pesa, cansa, se afea y finalmente se convierte
en cenizas esparcidas o guardadas en un rincón.
Y pensando en la muerte me reencuentro
con mi resistencia en tiempos crepusculares para la humanidad, en un mundo
peligroso por la pandemia del COVID 19 en el año 2020, cuando el miedo invadió
el planeta.
Y narro.
Un tiempo en el cual las estructuras
que sostenían el mundo parecieron desmoronarse y el terror a la muerte invadió,
el virus mortal creado en un país asiático como arma química escapó de los
laboratorios y contaminó, primero a sus creadores que fallecieron en forma
repentina con sus pulmones asfixiados.
Luego, cuando el agente mortal se
expandió, invadiendo Asia, China, Europa y América y la asfixia se transformó
también en social y económica, no hizo distinciones atacó a todos, no distinguió
entre ricos y pobres, su misión fue acabar con todo ser humano que encontrara.
Las camas de los hospitales colapsaron, los ancianos fueron los primero en
morir. Los pobres también murieron pronto. Las vacunas llegaron por millares,
algunos creyeron en ellas y otros no. La duda invadió, no se supo si existía
intencionalidad en la provocación de esta epidemia para diezmar al planeta ya
superada su capacidad de espacio y alimenticia para albergar a los ocho mil
millones de habitantes que se calcula serían en el 2023, o una forma de
controlar estadísticamente las sucesivas migraciones, o una solución para
contaminar a la gente más vulnerable y débil y ser eliminada por carga socioeconómica.
El miedo a la muerte nos venció y todos nos
vacunamos, una tras otra las dosis, hasta cuatro vacunas sucesivas en
diferentes tiempos, a pesar, de a veces, las consecuencias fueran alergias,
dolores y malestares. El miedo también entra en los sueños y se apodera de ellos
con imágenes negras, lutos y desfiles de carros mortuorios. Se cancela la vida
social, el comercio cierra, el lumpen enmascarado sale a las calles solitarias
y asalta, quema y destruye, ellos no le temen a la pandemia, no tienen nada que
perder en sus vidas precarias, se les califica también como un “estallido
social”, el límite es difícil de definir, las turbas expresan su odio a una
sociedad que los ha marginado y deben pensar que es la oportunidad de la
venganza, de saquear y apoderarse de
objetos y bienes que nunca habían poseído. Su ira es incontenible, los
carabineros no pueden contra ellos y las ciudades se destruyen como en una
guerra, pintarrajean las estaciones del Metro, la Biblioteca Nacional, destrozan
monumentos, arrancan alumbrados público y semáforos del tránsito, queman
iglesias, imágenes y esculturas valiosas; su denominación de “estallido social”
va mucho más allá, es también un brutal intento de caos, los supermercados y
tiendas departamentales son saqueados por grupos violentos de hombres y mujeres
que llegan a veces en camionetas para llevarse todo lo que encuentran, en las
poblaciones marginales se avisan entre ellos donde se está robando para que
acudan y se tomen lo que puedan. Las calles solitarias se prestan al desastre.
La gente se refugia en sus moradas. Se solicita intervención militar. La acción
no se concreta y la anarquía impera destructiva y vil.
La crisis política y social, la
corrupción denunciada y no denunciada, el distanciamiento en las relaciones
humanas, la muerte de los valores y el endiosamiento del dinero como el único
valor; nos rige.
A pesar de la catástrofe, el país y el
mundo sobreviven, debió ser, creo, porque no estaba escrito en el destino este
lamentable final y era otro similar a los grandes errores producidos por la
raza humana.
A los escritores nos quedó el refugio
de la escritura como catedral de nuestro arte, lugar para creer que existe la
esperanza de recuperar al humano en su dimensión de ser que piensa, siente y
sublima, aunque el arte fuera subvalorado y considerado como acto de rebeldía -
lo he vivido en carne propia, en acciones qué por deber de dignidad he denunciado,
aunque la censura, los ignore-.
Sé que no agrada, no es bueno para
este mundo artificial que la humanidad verdadera resista, se requiere sólo de aquellos
que acepten lo inaceptable y estén adaptados (según los parámetros del nuevo paradigma)
a la “obediencia fiel”.
Seis de la mañana del tres de marzo
Los primeros rayos anuncian que la
noche parte, la constelación oscura viaja.
La ensoñación, el sueño, los
recuerdos, los recuerdos de los sueños, la ensoñación cósmica o “estado del
alma”- lugar donde la vida no se piensa, se siente-, como también el introducirse
en el mundo intangible de las emociones, del conocimiento instintivo, del mundo
de los muertos, los delirios, los fantasmas, los miedos, los seres imaginarios
y el rompimiento con las ataduras racionales de los convencionalismos, la
hipocresía y los fingimientos; han desencadenado su caudal imaginativo. Con la
palabra como llave, accioné la puerta que me separaba del mundo tangible y
emergieron incontenibles de la conciencia y nombré, o sea, me dije y le dije a los
otros.
Y narro este
reencuentro con la escritura me ha permitido esta noche larga del 2025 despertar
a la lucidez de la vigilia en el espejo de fuego de mi tierra madre, en su
purpúreo resplandor de fuego del sur de un continente, en el que crepitan con
sus lenguas de llamas infinitas salamandras piel de cobre oro rojo con vetas de
malaquita y veo entre el fuego el nacimiento de una gigantesca ave con alas
doradas, que ya no es el Alebrije soñado en México sino la Luz de Oro del Arcángel
Luminoso de la Infancia, la que emprende su divino vuelo y me guía a través del
sendero corpóreo de mi destino y me reencuentro con mi origen, con el vientre
materno de mi origen y el sueño de la escritura se transforma en verdad y
retorno y ante mí se eleva diamantina una gigantesca cordillera azul, cubierta
de brillantes pedazos de arcoíris.
He escuchado las voces del corazón que señalaban el camino.
La palabra me permitió narrar el mundo que me tocó vivir y el
significado de la esencia de lo que fue la mitad del siglo XX.
Siempre mi centro fue el de la escritura, nunca como un propósito para lograr sino
una pasión a liberar y
creo que hacia
el final de mis días tengo entre mis manos el haber sido fiel y completamente
entregada a ella a través del libro, en un eterno retorno que me devolverá a la
vida cada vez que alguien lea mis textos en una biblioteca
pública o los descubra en un local de libros viejos, como yo lo hice un día de
mi infancia.
Me he reencontrado esta noche con esa niña curiosa
que fui y su inquietud por saber y descubrir
misterios, nos hemos encontrado, creo que sigo siendo la misma, aunque
ahora con una voz, único eco que ocupará mi paso por esta vida, para entonces
la tan deseada memoria de mi testimonio, permanecerá.
La larga noche ha terminado, fueron valiosos instantes
de reencuentros que me permitieron entrar al crisol de oro de la escritura y transmutar su
lectura a estas narraciones, donde – espero- quedarán guardadas para la
reflexión de futuras generaciones como las imágenes más queridas y dolorosas de
toda la época que a una escritora le tocó vivir.